Reflexiones a partir del espectáculo SHAKESPEARE, TAL VEZ SI…

En nuestra profesión, la lucha por la supervivencia del día a día sin dejar de ser un profesional del sector, nos ha hecho olvidar que no vivimos en un mundo de realidades sino de posibilidades. Olvidamos pronto nuestros sueños utópicos, ya no buscamos el camino que elegimos por los dictados de nuestra vocación, la realidad se impone y lo único importante es que se te considere, que cuenten contigo, que estés en el candelero, no importa que en nuestros ambientes se esté creando un clima que infecta al espectador de un modo subconsciente. Lo importante es que te llamen, que cuenten contigo, que seas un auténtico profesional del mundo del espectáculo. Que te valoren de verdad si es que te presentas a una audición.

Pero por otro lado y en el otro extremo, cuando criticamos lo establecido, y nos creemos la encarnación de la auténtica renovación, cuando miramos hacia delante, lo presente o lo ya realizado suele parecernos envejecido o atrasado en comparación con lo que vislumbramos como probable, y entonces es habitual que la transgresión derive en banalización de la obra artística desde un discurso frívolo apoyado en una pretendida posmodernización. Lo importante es destruir lo anterior sin pararse a ver si era válido o inventar lo que ya existía, conseguir el efecto contundente que sorprenda sin más, y aunque es importante despertar en el espectador emociones que no esperaba, se echa de menos al artista de teatro que manifieste de manera auténtica y completa todo aquello que contribuya a una elevación del espíritu, aunque sea en el nivel que se desee. Es verdad que cada generación posee algo propio que no puede ser percibido por la generación que les precede, pero las nuevas ideas, aunque sean buenas, si son expresadas erróneamente, mueren.

El arte es fruto de la naturaleza del ser creador, ninguna técnica ni método o tendencia puede aspirar a suplantarla por perfectas que sean.

Juan Pastor